Consultar no es lo mismo que cocrear: aprendizajes dirigiendo un Living Lab
Por qué incorporar distintas perspectivas mejora el diseño de las intervenciones

Una intervención puede estar respaldada por evidencia científica y, aun así, fracasar cuando llega a la vida real. Puede no encajar en las rutinas de las personas, exigir recursos que la organización no tiene o partir de una interpretación equivocada del problema. La cocreación ayuda a identificar estas dificultades antes de que sea demasiado tarde.
El valor de la creación y el diseño colaborativo no consiste simplemente en reunir a muchas personas para pedirles su opinión. Consiste en incorporar las perspectivas adecuadas en decisiones concretas del proceso de diseño.
Ante una misma intervención, el equipo investigador suele centrarse en la evidencia, la organización, en sus recursos y procesos, y la ciudadanía, en aquello que necesita y puede integrar en su día a día. Las tres perspectivas son necesarias, pero ninguna es suficiente por sí sola. Diseñar únicamente desde una de ellas aumenta el riesgo de crear una solución rigurosa pero impracticable, viable pero poco relevante para la conducta o atractiva pero ineficaz.
El riesgo de diseñar de arriba abajo
Muchas intervenciones siguen una lógica top-down: un equipo experto define el problema, selecciona una solución y, una vez diseñada, la presenta a las personas que deberán utilizarla o implementarla.
El resultado puede ser técnicamente coherente, pero estar basado en supuestos que nunca se han contrastado. Quizá la intervención requiera demasiado tiempo, no tenga en cuenta una barrera importante o resulte difícil de integrar en el servicio existente.
La cocreación incorpora al proceso el conocimiento de quienes experimentan el comportamiento, prestan el servicio o se encargarán de aplicar la intervención. No se trata de sustituir la evidencia científica por opiniones, sino de contrastar las teorías y los datos disponibles con las condiciones del contexto real. Involucrar a los actores relevantes puede mejorar el ajuste, la aceptabilidad y la viabilidad de una intervención, además de permitir que algunos problemas se detecten antes del pilotaje [1].
Cocrear implica compartir decisiones
Realizar una entrevista, una encuesta o un grupo focal no convierte automáticamente un proceso en cocreación. Estas técnicas permiten conocer experiencias y recoger información valiosa, pero la diferencia está en la capacidad que tienen las personas participantes para influir en el resultado.
Consultar significa recoger sus opiniones. Involucrar supone mantenerlas vinculadas al proceso en distintos momentos. Cocrear implica que sus aportaciones influyan en decisiones reales: cómo se define el problema, qué barreras se priorizan, qué componentes se incorporan, cómo se adaptan los contenidos o de qué manera se implementará la intervención.
Esto no significa que todo deba decidirse por consenso. En cualquier proyecto existen límites clínicos, éticos, regulatorios, técnicos o presupuestarios. Lo importante es explicar desde el principio qué aspectos están abiertos a discusión, cuáles no y cómo se utilizarán las contribuciones. Pedir ideas cuando la solución ya está cerrada convierte la participación en una validación meramente simbólica.
El Living Lab como espacio de cocreación
Durante el proyecto europeo PLAN’EAT he estado dirigiendo el Living Lab de España, creado para comprender y transformar los comportamientos y los entornos alimentarios. Estaba formado por el equipo de investigación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), alrededor de 50 actores del sistema alimentario y un grupo de ciudadanía que representaba la población objetivo a la cual se dirigían las intervenciones.
La red reunía perfiles procedentes de la industria, la restauración, la investigación, las fundaciones, las asociaciones, la educación, la salud y la política. Además, se ampliaba cuando una intervención requería conocimientos que todavía no estaban representados.
Esta estructura nos permitía contar con un ecosistema al que recurrir cada vez que empezábamos a diseñar una nueva intervención. No convocábamos a todas las personas para todas las decisiones. Partíamos de una idea general y de unos objetivos iniciales, identificábamos qué conocimientos necesitábamos y seleccionábamos a los actores y ciudadanos que podían aportar una perspectiva relevante en cada caso.
Para diseñar soluciones orientadas a mejorar el entorno alimentario, por ejemplo, reunimos a personas expertas de diferentes sectores y a la ciudadanía destinataria. Los grupos focales nos ayudaron a comprender necesidades y generar alternativas. Posteriormente, los talleres de cocreación permitieron contrastar esas ideas y convertirlas en componentes que pudieran llevarse a la práctica.
Adaptamos este proceso a proyectos muy distintos: la elaboración de propuestas de política alimentaria, el diseño de una intervención individual de cambio de comportamiento, el desarrollo de una aplicación de menús personalizados y la creación y revisión de guías de alimentación saludable, entre otros.
El Living Lab no era solo un espacio de consulta. Aportaba continuidad, relaciones de confianza y acceso a conocimientos que normalmente se encuentran separados. Una idea podía resultar atractiva para la ciudadanía, pero ser inviable para la organización. Otra podía encajar perfectamente en sus procesos y, sin embargo, no responder a ninguna barrera conductual relevante. Identificar estas tensiones durante el diseño nos permitía modificar la intervención antes de probarla.
¿Con quién debemos cocrear?
La pregunta no debería ser «¿a quién podemos invitar?», sino «¿qué conocimiento y qué capacidad de acción necesitamos para tomar esta decisión?».
La ciudadanía conoce sus rutinas, necesidades y dificultades cotidianas. Los profesionales identifican restricciones clínicas y operativas. Los equipos de comunicación y tecnología saben qué canales y recursos están disponibles. Las organizaciones comunitarias pueden detectar problemas de acceso, mientras que los equipos directivos y responsables públicos conocen las condiciones necesarias para la adopción y la continuidad de una intervención.
También es importante preguntarse qué grupos no están presentes. Si solo participan las personas más disponibles, interesadas o favorables al proyecto, obtendremos una visión probablemente sesgada. En algunos casos será necesario buscar activamente a quienes abandonaron un servicio, encuentran más barreras para utilizarlo o se verán afectados indirectamente por la intervención.
Los métodos también cambian según el momento del proyecto. Las entrevistas, la observación, las encuestas y los grupos focales son útiles para comprender el problema. Los talleres de ideación y prototipado ayudan a transformar los hallazgos en posibles soluciones. Durante la implementación, las personas implicadas deben seguir contando con espacios para señalar dificultades y proponer ajustes.
Cocrear reduce riesgos, pero no garantiza resultados
Una revisión sobre Living Labs relacionó la implicación temprana, el liderazgo, el apoyo organizativo y el sentimiento de pertenencia con una implementación más favorable de las innovaciones en salud [2]. Sin embargo, la cocreación también tiene limitaciones. Puede reproducir desigualdades, dar más peso a las voces con mayor autoridad o generar soluciones atractivas que no respondan a una lógica clara de cambio de comportamiento.
Además, la aplicación del codiseño en salud pública continúa siendo muy heterogénea. A menudo se explica qué actividades se realizaron, pero no cuánto poder tuvieron realmente las personas participantes ni qué decisiones llegaron a modificar [3].
Por eso, un proceso riguroso debería dejar una trazabilidad clara: quién participó, qué conocimiento aportó, en qué decisión influyó y qué hipótesis deberán comprobarse más adelante.
La cocreación, por sí sola, no demuestra que una intervención sea efectiva. Después todavía será necesario desarrollar prototipos, realizar un pilotaje y evaluar tanto su implementación como sus resultados. Su función es reducir la incertidumbre y aumentar la probabilidad de que la solución sea pertinente, aceptable y viable antes de invertir en una evaluación más costosa.
Diseñar con las personas no significa renunciar al rigor científico. Significa reconocer que una intervención de salud nunca se aplica en abstracto. Se integra en rutinas, relaciones, organizaciones y vidas reales. La cocreación aporta valor cuando convierte ese contexto en parte del diseño y cuando la participación deja una huella reconocible en la intervención final.
Hawkins, J., Madden, K., Fletcher, A., et al. (2017). Development of a framework for the co-production and prototyping of public health interventions. BMC Public Health, 17, 689. https://doi.org/10.1186/s12889-017-4695-8
Zipfel, N., Horreh, B., Hulshof, C. T. J., et al. (2022). The relationship between the living lab approach and successful implementation of healthcare innovations: An integrative review. BMJ Open, 12, e058630. https://doi.org/10.1136/bmjopen-2021-058630
Vargas, C., Zorbas, C., Longworth, G. R., et al. (2025). Exploring co-design: A systematic review of concepts, processes, models, and frameworks used in public health research. Journal of Public Health, 47(4), e616. https://doi.org/10.1093/pubmed/fdaf084


